EL POEMARIO (Relato)

Cada noche el sueño se apoderaba de él en horas tempranas, llegada la madrugada un despertar súbito le acompañaba. En su lecho la mente enmarañaba pensamientos. Intentaba recuperar la somnolencia, pero su dolor se transformaba en palabras que unidas formaban poemas que repetía una y otra vez en su cabeza. Al final siempre se levantaba, por miedo a olvidar en la mañana. De hecho bien sabía que siempre olvidaba, que esa inspiración que viene en duermevela o en las noches de vigilia cuando asoma el sol desaparece, todas las palabras son borradas, cada letra extraviada.
Aquella noche, como todas desde que ella se marchó, se levantó de la cama. En su escritorio, sentado en su silla y con una vela alumbrando la mesa, cogió su pluma y un bote de tinta roja que guardaba en un cajón. Todos sus poemas creados de ausencia fueron escritos en este color. Las palabras resonaban dentro de él, pero cuando pretendía elaborar una frase no conseguía encontrar ninguna que expresase correctamente lo que sentía. Mojó la pluma en el tintero y dejó que su mano fluyera sola sobre la hoja. Alcanzaba una especie de trance en el que lograba que mente y pluma fueran uno, y la hoja se llenaba de esas palabras que portaba tan dentro.

«De sueños creado
hecho de ilusiones
insomnio y desilusión conjugados.
Deseo forjado
tormenta al ocaso
la lluvia se congela en mis manos.
Sueños, ilusión, deseo
por todos matado».

Al plasmar su sentir en el papel un leve alivio recorría su cuerpo, y durante unos instantes se desprendía de su sufrimiento, el suficiente para recuperar el sueño de nuevo. Cerró su poemario y regresó al calor de sus sábanas, su propio calor, el de la soledad. En la cama rememoraba su primer beso, quería recordar siempre la sensación que le produjo, y con esa imagen conciliaba el sueño y dormía plácidamente el resto de la noche.
Por las mañanas era preso de la tristeza, frente al espejo derramaba lágrimas cargadas de furia, su rostro era tormento. Su interior se llenaba de rabia haciendo tensar su cuerpo, sus dedos procuraban arrancar su piel y en un intento de salvamento sus manos se hacían puño focalizando en su apretar toda la inquina contenida. Con el paso de las horas iba recobrando autoestima, confianza e incluso felicidad. Así eran sus horas, sus días, una y otra vez.
Su poemario contaba con decenas de hojas llenas. Poemas, palabras, un sin fin de pensamientos que plasmaban su sentir. Unos días mostraba alegría: había estado con ella aunque hubiese sido un solo día, la había abrazado y besado, visto su sonrisa de cerca y sin duda eso era para él la felicidad. Otros días exponía tristeza: ella le había dejado sin opción a hablar, sin pedirle opinión, sin saber su sentir y sin poder escuchar los motivos que la habían llevado a abandonarle de aquella manera. Otros días manifestaba rencor: ella no respondía a sus llamadas, no estaba ahí como había prometido, su angustia aumentaba al recibir tan solo desprecio de su parte.
Otra noche llegaba y el cansancio se apoderaba de él. Apenas caído el sol se dejaba vencer y sus párpados no tardaban en cerrarse. De madrugada sus ojos se abrían, palabras y palabras bullían en su interior esperando a ser escritas. Se levantó, fue hasta el escritorio, se sentó, cogió su pluma y la mojó en el tintero. Mente y pluma hechos uno, y las palabras surgieron:

«Por un momento sentí tu alma, creyéndola mía. Se detuvo el tiempo y de un solo instante experimenté una vida inundada por dos almas unidas…»

El bote de tinta estaba vacío, fue a buscar otro al armario para terminar de escribir lo que había comenzado. Solo encontró tinteros azules y negros. Necesitaba tinta roja. Rebuscó por toda la habitación. Sacó todo de cajones y armarios y lo tiró al suelo, aún sabiendo que no la encontraría. Finalmente se sentó en la cama abatido. Todas las tiendas estaban cerradas y debía completar aquella frase. «Roja, roja, necesito tinta roja», se repetía incansablemente. Sin dudar agarró el frasco y en la cocina se cortó con un cuchillo en la yema del dedo, apretó hasta que salieron unas cuantas gotas de sangre, las suficientes para terminar su escrito. Regresó al escritorio, metió la pluma en el tintero y con su sangre continuó escribiendo:

«Que despiadado el destino que rasgó sin dudar tu alma y la mía».

Miró detenidamente la hoja y la arrancó, los tonos de rojo eran diferentes. Escribió de nuevo todo con su sangre:

«Por un momento sentí tu alma, creyéndola mía. Se detuvo el tiempo y de un solo instante experimenté una vida inundada por dos almas unidas. Que despiadado el destino que rasgó sin dudar tu alma y la mía».

Había encontrado el color perfecto para escribir, a partir de ese día comenzó a escribir con su sangre. Cada noche se pinchaba en un dedo y lo retorcía hasta conseguir las gotas necesarias. Percibía que la conexión era mayor, sus escritos se le antojaban inmejorables. Durante noches llenó hojas y hojas. Los dedos le dolían de tantos cortes y cada vez le costaba más obtener una gota. Faltaban pocas páginas para completar su diario de escritura, una obra que encerraba todo lo acontecido, todo lo soñado, lo real e irreal mezclado, y cada pensamiento solo por ella.
Llegó la noche que tanto ansiaba, la que creía le liberaría de todo dolor, escribiría en la última hoja. Su poema final, con él cerraría ese período de dolor, eliminaría todo recuerdo y con ello toda sensación.
Seccionó la yema de su dedo corazón, apenas consiguió unas gotas que le sirvieron para plasmar una frase, necesitaba más. Fue repitiendo el proceso en cada dedo, en algunos la costra se lo impedía, otros estaban amoratados y la sangre no fluía. Su estado pasó a la inquietud, empezó a sudar nervioso, la desesperación le hacía perder las palabras. Cerró los ojos y respiró hondo. Asió su pluma con delicadeza, siguió respirando lentamente a la vez que acariciaba la pluma de cisne, pero sus dedos ya no eran capaces de sentir su plácido tacto. Su rostro mostraba una mirada perdida, apenas pestañeaba, en su mente no quedaba razón, tan solo existía un color, el rojo. En un movimiento rápido clavó el cuchillo en su cuello provocando una gran incisión. Sumergió la punta de su pluma en el charco creado en su mesa, tinta suficiente para su poema. Su visión se tornó nebulosa, y comenzó a derramar sus palabras junto a su sangre:

«Lloró,
desde el interior, sin lágrimas.
Su llanto se convirtió en grito,
intrínseco, sin voz.
Quería borrar recuerdos,
pero al evocarlos,
sonrió».

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