Un día de playa

Recuerdo cuando me bañaba en mares cálidos, de aguas calmadas. Aún percibo la sensación de la sal en mi cara al ser penetrada por el sol, un ligero picor que hacía sanar mi piel. Y el calor que el astro proporcionaba a mi cuerpo que en segundos era vencido por frescas brisas, de mar.

Ligeras olas me balanceaban generando un ritmo acompasado en mí; y cerrando los ojos siento la sal, la brisa, y aquel vaivén que  mecía mis días.

Siempre había tenido miedo al agua y era paradójico que fuese allí donde mejor me encontraba. El abrazo de cada ola y sus gotas salpicando mi piel eran mi paz y a la vez mi energía, que en las noches, la luna se encargaba de volver a recargar. Agua y luz de luna. Vida.

Y la luna ejercicio su derecho, la marea subió. La sal se volvió llaga que intentaba arrancar con mis propios dedos, las uñas se hincaron en la piel y emergió la herida bañando de rojo el tejido. Las olas que me acunaban me engulleron y el pánico que había sentido hacia el líquido me hizo perder el control, las brazadas sin sentido hicieron el resto, no conseguía ver la salida, agoté toda la fuerza de la luna y dejé de luchar contra viento y marea.

Aquí me quedo, quieta, esperando que la pleamar me acerque hasta la orilla.

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