Castillo de arena

Las vacaciones de verano habían comenzado, el destino elegido por su madre había sido la playa. Todos los años veraneaban en la misma, y todos los años Santiago estaba solo y aburrido.
A su corta edad, el pequeño ya conocía lo que era la soledad; a pesar de que nunca había escuchado la palabra.
Santiago era un experto en hacer castillos con la arena. Él no lo recordaba, pero fue su padre el que le había enseñado a realizar tan difícil tarea. Ahora los construía de una manera sencilla, cargaba el cubo con agua, amasaba la arena, añadía con la pala y con las manos le iba dando forma. Cuando la base estaba terminada usaba los moldes para realizar las torres y sus almenas.
Y así pasaba las horas mientras su madre, bajo la sombrilla, miraba al horizonte; una mirada perdida, que no decía nada, que no expresaba, que estaba siempre ausente.
Santiago notó un pequeño pellizco en el dedo gordo del pie.
–¡Ay! – exclamó a la vez que encogía la pierna.
Miró su pie y vio que salía una gota de sangre. No lloró como haría cualquier otro niño, pues el ya sabía que no obtendría consuelo. Se acercó a la orilla y metió el pie en el agua para limpiarse. Le produjo un pequeño escozor.
Regresó al lado del castillo y al sentarse aquel pinchazo volvió.
–¡Ayyy! –gritó esta vez más fuerte.
Buscó el origen que le había causado tal daño y encontró un cangrejo rojo que intentaba acercarse otra vez hasta su pie.
–¿Por qué me pinchas? Me haces daño. –Una tímida lágrima resbaló por su mejilla y las palabras surgieron entre un lastimero sollozo.
–No llores. No quería hacerte daño, perdóname –le contestó el cangrejo apenado al ver al niño indefenso.
–No vuelvas a picarme, por favor. Me he asustado.
–No lo haré, te lo prometo. ¿Qué es eso tan bonito que haces con la arena?
–Es un castillo.
–¡Es precioso! ¿Y para qué sirve?
–En la arena solo para entretenerme, pero cuando sea arquitecto construiré uno de verdad y será mi hogar.
–¡Vaya! Eso es una gran idea. ¿Y cómo es tu hogar ahora?
–Es una casa sucia y fea. Y muy triste.
–Lo siento, espero que pronto puedas cumplir tu sueño y mudarte a esta más bonita.
–Ese no es mi sueño. Mi sueño es que mi mamá vuelva a sonreír.
–¡Tu mamá no sonríe! Pero eso es horrible. ¿Y por qué no sonríe? A mi mamá le gusta mucho reír y siempre está gastando bromas y todos nos desternillamos de la risa.
–Pues no lo sé. Yo nunca la vi hacerlo.
–Pues creo que deberías preguntárselo. ¿Te acuerdas de hace un rato? Me preguntaste que por qué te pinchaba. Y gracias a que hemos hablado yo dejé de hacerlo. Quizá si hablas con tu mamá se solucione todo.
Santiago se levantó sonriente y esperanzado ante la gran idea que acababa de darle su amigo el cangrejo, y corrió hacia la silla en la que permanecía su madre.
–Mamá, ¿puedo preguntarte una cosa? –preguntó el niño mientras tiraba con suavidad del pareo de su madre para captar su atención.
–Claro, Santiago. ¿Qué sucede?
–¿Por qué nunca sonríes?
La madre se quedó paralizada ante la pregunta de su hijo, comenzó a llorar y lo abrazó con fuerza. Cuando consiguió calmarse y proferir palabra, le habló a su hijo sobre su padre. Y ambos sonrieron recordando como le enseñó a construir castillos sobre la arena antes de que la mar se lo llevara para siempre.

 

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