La soledad

Los días se tornaban grises en cada amanecer. Las noches eran largas y colmadas de malestar; todas las reflexiones que paseaban por su cabeza le impedían dormir. Y era cierto que conseguía solución para su desasosiego, pero al minuto siguiente esperaba que todo cambiase y permanecía triste aunque no perdía la esperanza.
Sin embargo, existía una paradoja: ¿es conveniente mantener la esperanza cuando el deseo es inalcanzable?
En un período de tiempo, corto, surgía la confianza de que todo mejoraría. Lo soñado se haría realidad porque tampoco era nada imposible. Y ella lo creía firmemente: si el corazón late ha de tener compasión, si las almas eran candentes ha de existir la unión. No obstante, la seguridad disminuía cuando las manecillas del reloj avanzaban y nada sucedía. Y ella las miraba una y otra vez, un minuto con ilusión y al siguiente con desesperanza. Y así pasaba cada momento: esperando.
Se escondía entre las sombras que protegen de la inquietud; sin dejar de buscar palabras que fueran para ella, sonrisas que la hiciesen despertar, caricias que la devolviesen la seguridad, miradas de comprensión. Empatía, tan solo buscaba eso, ser comprendida. Pero la sombra se hacía más y más grande y nadie acudía a mostrarle la luz. En realidad, quizá a nadie le importase que se la tragara la tierra. Las palabras ya estaban dichas y había demasiados oídos para escucharlas, tantos que hasta ella nunca llegaban. Y la comprensión ya fue gastada, demasiadas conciencias comprometidas que tenían prioridad. Y aun así, esperaba.
Y ella lo sabía, no era la otra mitad. Y acurrucada bajo la sombra de la desesperación lloraba con el amargor que produce la soledad.

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Un día de playa

Recuerdo cuando me bañaba en mares cálidos, de aguas calmadas. Aún percibo la sensación de la sal en mi cara al ser penetrada por el sol, un ligero picor que hacía sanar mi piel. Y el calor que el astro proporcionaba a mi cuerpo que en segundos era vencido por frescas brisas, de mar.

Ligeras olas me balanceaban generando un ritmo acompasado en mí; y cerrando los ojos siento la sal, la brisa, y aquel vaivén que  mecía mis días.

Siempre había tenido miedo al agua y era paradójico que fuese allí donde mejor me encontraba. El abrazo de cada ola y sus gotas salpicando mi piel eran mi paz y a la vez mi energía, que en las noches, la luna se encargaba de volver a recargar. Agua y luz de luna. Vida.

Y la luna ejercicio su derecho, la marea subió. La sal se volvió llaga que intentaba arrancar con mis propios dedos, las uñas se hincaron en la piel y emergió la herida bañando de rojo el tejido. Las olas que me acunaban me engulleron y el pánico que había sentido hacia el líquido me hizo perder el control, las brazadas sin sentido hicieron el resto, no conseguía ver la salida, agoté toda la fuerza de la luna y dejé de luchar contra viento y marea.

Aquí me quedo, quieta, esperando que la pleamar me acerque hasta la orilla.

Miedo

Continúo andando en línea recta, miro al frente para no encontrar ojos que me juzguen; y en silencio avanzo. Mis oídos se cierran ante las palabras de los osados que me hablan. ¡Yo no molesto, déjenme caminar! Al final, liberan la senda, mi senda; y la ligereza vuelve a mis pies.

El sonido de los pájaros, el arreciar del viento, el crujir de las ramas… son melodías que consiguen relajarme. Cierro los ojos y disfruto del privilegio que se me brinda. Una voz interrumpe mi descanso: «Niña, ¿por qué no abres los ojos y disfrutas del paisaje?». Dentro de mí crece la ira al escuchar una voz que rompe con la armonía de mi cuerpo. Corro para alejarme.

El cansancio me obliga a parar mi carrera, me siento en una roca cercana a mi travesía. Respiro con profundidad inhalando el frescor del atardecer. Y la voz vuelve…«Niña, si sales de la senda llegarás a un verde prado donde podrás descansar con mayor comodidad». Mi respiración se acelera, pierdo el control de mi cuerpo y grito: ¡Déjame descansar!

Me levanto y emprendo la marcha. Mis piernas están doloridas y mi espalda resentida. ¡Maldita roca! Busco el sonido de la naturaleza y solo encuentro silencio. Desesperada miro a mi alrededor, solo encuentro oscuridad. Salgo del camino, ¿dónde está el prado?. Choco contra una pared. Me muevo en otra dirección y un muro crece frente a mí. Abatida me dejo caer al suelo.

Ya no escucho a la gente, la naturaleza desapareció, y aquella voz que me acompañaba enmudeció. Entre estas cuatro paredes espero…Niña-sentada-con-miedo-500x285.png

 

Lágrimas

La página quedaba en blanco día tras día. La desesperación la poseía al ver las horas perdidas, y de posesión su mano se tensaba haciendo a su pluma llorar.
En su mente las palabras se amontonaban, pero ella se negaba a dejarlas salir, quedarían encerradas donde nunca nadie pudiese leerlas.
La página en blanco se tiñó de azul, por tantas lágrimas derramadas, convirtiéndose en cielo. De su cielo emergió una sonrisa y arrancó la hoja para comenzar de nuevo.