Entre rejas

Te escribo desde mi celda, rodeada de rejas frías, aquellas que intenté romper pero cuyo metal heló mi corazón. Ya no intento salir, me acurruco en una esquina evitando el sol que entra por la ventana, la luz daña mis ojos, la penumbra cubre mi ser protegiendo a mi corazón de un deshielo.
Sobre papel derramo palabras que nunca leerás; no obstante, mi alma cree que de esta manera podrá apaciguar el dolor que me invadió en tan fatídica vida. Y es que en un segundo todo puede desmoronarse. En un solo segundo. Resulta incoherente, lo sé. Yo nunca lo creí, mi confianza era tan ciega que nunca lo creí. Ahora te advierto, aunque nadie mejor que tú lo sabe, que nunca des nada por hecho, el tiempo nos engaña, a veces tarda en construir cosas, las hace fuertes y, sin embargo, de un solo soplido las desvanece. El tiempo no es real: un segundo que durará toda la vida. Y aunque tú ya lo sabías, no dudaste en sentenciar con tu mano de dictador, eras consciente de lo que sucedería, de que me encerrarías en un cautiverio el resto de mis días, un solo segundo para condenarme y, sin remordimientos, me empujaste a este abismo de tormento. Sola. En un segundo estaba sola. La herida sangraba tanto que me asusté y no había nadie para ayudarme, intenté taponar con mis manos tanta desazón, pero son tan finas y se volvieron tan frágiles que el suelo no tardó en cubrirse de color escarlata. Dejé de presionar la herida porque no había manera de detenerlo y estaba perdiendo la energía. Pensaba que si la guardaba sería capaz de salir de esta celda, pero no fue así. Cada vez que tocaba ese metal me quedaba más y más fría, sentí tanto miedo que preferí llorar a volverme una criatura sin sentimientos.
Nadie vino a buscarme. Ojalá hubiese tenido un abrazo para consolar tan desdichado final, ojalá. Pero tu mano era cruel y no quiso que hubiera consuelo para mí. Me castigaste con el peor de los tormentos y a pesar de las horas que he pensado en ello no he logrado comprender el porqué. ¿Quién sería capaz de torturar a alguien que muestra un amor infinito? Siempre pensé que el mismísimo diablo se ablandaría ante un amor puro, ¡qué equivocada estaba! Ahora sé que el mal disfruta dañando a la esencia. Y aun sabiendo que no tienes corazón, viendo lo que has sido capaz de hacer, sintiéndolo en lo más profundo de mi ser, aun así… necesito hablarte.
Me maldigo cada día por haberte entregado aquello que guardaba con recelo para mi alma gemela. Esperé con paciencia durante largos años con la esperanza de no morir sin entregar mi alma a mi otro yo, y paradojas de la vida, se la regalé al diablo, ni siquiera la vendí.
Ya no hay salvación para mí. Te escribo estas líneas, para que si las lees sepas que venciste. Mis fuerzas se desvanecieron con mi ilusión, y agarré con fuerza esos barrotes de metal que me encierran, grité y tiré de ellos hasta que mi corazón se convirtió en hielo. Y es que tú lo sabías, el metal absorbe el calor, jamás podría salir de mi jaula.
Has vencido, ¿pero sabes? Ya no me importa. ¿Para qué querría salir de aquí? ¿Puede acaso amarse dos veces con la misma intensidad?

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La visita

Salí a pasear por el parque y en un banco lo vi. Al principio pensé que sería mi cerebro que me hacía verlo en todas las personas; sin embargo, su postura al sentarse era inconfundible. En aquel momento supuse que estaba loca o el destino me buscaba de nuevo.
Me acerqué hasta él y lo miré, su mirada era tan triste que se me encogió el corazón. Me senté a su lado y cogió mi mano, sus ojos se llenaron de lágrimas y yo lloré con él.
—¿Estás bien? —le pregunté asustada. A pesar de la distancia que nos separaba yo solo quería su felicidad.
—Soy un anciano. Llegó el momento que tanto intentaste hacerme ver: soy viejo y mis recuerdos me entristecen, estoy solo. Tengo el corazón lleno de amor y a la vez me siento vacío.
—¿Por qué? ¿Qué sucedió? Yo siempre estaré ahí.
—Te cansaste de mí.
—¡Eso es imposible! Yo te amo y te amaré siempre. Jamás te dejaría solo.
—Todo fue culpa mía.
—¿Dime qué puedo hacer?
—Lo intentaste todo, pero yo no supe entender, o no quise. Ya no lo sé.
—Pero conoces el pasado, ¿dime qué hacer, por favor? —apreté fuerte su mano con la angustia de saber que lo perdería, o quizá ya lo había perdido. Él desaparecía frente a mis ojos y yo gritaba desesperada—. ¡Por favor, no te vayas, dime qué debo hacer! ¡Ayúdame!
—No olvides que te amo —su voz llegó hasta mí en un susurro y desapareció para siempre.
Los años pasaron y la vida me fue alejando más y más de él. Intentaba recordar cada día aquella aparición, pero el dolor que crecía dentro de mí era demasiado. Tenía una información que no sabía manejar y me estaba desquiciando. Tomé una determinación y le escribí una carta con todo lo que sentía, añadí todo lo que me había sucedido diciendo que lo había soñado. Durante días esperé su respuesta. Hoy sostengo el papel en mis manos: «Estás loca».
Las palabras de su pluma se clavaron como puñales en mi corazón. Y puede que estuviera loca porque ese mismo día decidí caer al vacío y cubrirme de sombras. Anclada en un mundo entre vivos y muertos puedo ver su dolor. Tras mi muerte comprendió que jamás nos volveríamos a ver, ese día nació la tristeza del anciano que vino a visitarme.

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Castillo de arena

Las vacaciones de verano habían comenzado, el destino elegido por su madre había sido la playa. Todos los años veraneaban en la misma, y todos los años Santiago estaba solo y aburrido.
A su corta edad, el pequeño ya conocía lo que era la soledad; a pesar de que nunca había escuchado la palabra.
Santiago era un experto en hacer castillos con la arena. Él no lo recordaba, pero fue su padre el que le había enseñado a realizar tan difícil tarea. Ahora los construía de una manera sencilla, cargaba el cubo con agua, amasaba la arena, añadía con la pala y con las manos le iba dando forma. Cuando la base estaba terminada usaba los moldes para realizar las torres y sus almenas.
Y así pasaba las horas mientras su madre, bajo la sombrilla, miraba al horizonte; una mirada perdida, que no decía nada, que no expresaba, que estaba siempre ausente.
Santiago notó un pequeño pellizco en el dedo gordo del pie.
–¡Ay! – exclamó a la vez que encogía la pierna.
Miró su pie y vio que salía una gota de sangre. No lloró como haría cualquier otro niño, pues el ya sabía que no obtendría consuelo. Se acercó a la orilla y metió el pie en el agua para limpiarse. Le produjo un pequeño escozor.
Regresó al lado del castillo y al sentarse aquel pinchazo volvió.
–¡Ayyy! –gritó esta vez más fuerte.
Buscó el origen que le había causado tal daño y encontró un cangrejo rojo que intentaba acercarse otra vez hasta su pie.
–¿Por qué me pinchas? Me haces daño. –Una tímida lágrima resbaló por su mejilla y las palabras surgieron entre un lastimero sollozo.
–No llores. No quería hacerte daño, perdóname –le contestó el cangrejo apenado al ver al niño indefenso.
–No vuelvas a picarme, por favor. Me he asustado.
–No lo haré, te lo prometo. ¿Qué es eso tan bonito que haces con la arena?
–Es un castillo.
–¡Es precioso! ¿Y para qué sirve?
–En la arena solo para entretenerme, pero cuando sea arquitecto construiré uno de verdad y será mi hogar.
–¡Vaya! Eso es una gran idea. ¿Y cómo es tu hogar ahora?
–Es una casa sucia y fea. Y muy triste.
–Lo siento, espero que pronto puedas cumplir tu sueño y mudarte a esta más bonita.
–Ese no es mi sueño. Mi sueño es que mi mamá vuelva a sonreír.
–¡Tu mamá no sonríe! Pero eso es horrible. ¿Y por qué no sonríe? A mi mamá le gusta mucho reír y siempre está gastando bromas y todos nos desternillamos de la risa.
–Pues no lo sé. Yo nunca la vi hacerlo.
–Pues creo que deberías preguntárselo. ¿Te acuerdas de hace un rato? Me preguntaste que por qué te pinchaba. Y gracias a que hemos hablado yo dejé de hacerlo. Quizá si hablas con tu mamá se solucione todo.
Santiago se levantó sonriente y esperanzado ante la gran idea que acababa de darle su amigo el cangrejo, y corrió hacia la silla en la que permanecía su madre.
–Mamá, ¿puedo preguntarte una cosa? –preguntó el niño mientras tiraba con suavidad del pareo de su madre para captar su atención.
–Claro, Santiago. ¿Qué sucede?
–¿Por qué nunca sonríes?
La madre se quedó paralizada ante la pregunta de su hijo, comenzó a llorar y lo abrazó con fuerza. Cuando consiguió calmarse y proferir palabra, le habló a su hijo sobre su padre. Y ambos sonrieron recordando como le enseñó a construir castillos sobre la arena antes de que la mar se lo llevara para siempre.

 

EL POEMARIO (Relato)

Cada noche el sueño se apoderaba de él en horas tempranas, llegada la madrugada un despertar súbito le acompañaba. En su lecho la mente enmarañaba pensamientos. Intentaba recuperar la somnolencia, pero su dolor se transformaba en palabras que unidas formaban poemas que repetía una y otra vez en su cabeza. Al final siempre se levantaba, por miedo a olvidar en la mañana. De hecho bien sabía que siempre olvidaba, que esa inspiración que viene en duermevela o en las noches de vigilia cuando asoma el sol desaparece, todas las palabras son borradas, cada letra extraviada.
Aquella noche, como todas desde que ella se marchó, se levantó de la cama. En su escritorio, sentado en su silla y con una vela alumbrando la mesa, cogió su pluma y un bote de tinta roja que guardaba en un cajón. Todos sus poemas creados de ausencia fueron escritos en este color. Las palabras resonaban dentro de él, pero cuando pretendía elaborar una frase no conseguía encontrar ninguna que expresase correctamente lo que sentía. Mojó la pluma en el tintero y dejó que su mano fluyera sola sobre la hoja. Alcanzaba una especie de trance en el que lograba que mente y pluma fueran uno, y la hoja se llenaba de esas palabras que portaba tan dentro.

«De sueños creado
hecho de ilusiones
insomnio y desilusión conjugados.
Deseo forjado
tormenta al ocaso
la lluvia se congela en mis manos.
Sueños, ilusión, deseo
por todos matado».

Al plasmar su sentir en el papel un leve alivio recorría su cuerpo, y durante unos instantes se desprendía de su sufrimiento, el suficiente para recuperar el sueño de nuevo. Cerró su poemario y regresó al calor de sus sábanas, su propio calor, el de la soledad. En la cama rememoraba su primer beso, quería recordar siempre la sensación que le produjo, y con esa imagen conciliaba el sueño y dormía plácidamente el resto de la noche.
Por las mañanas era preso de la tristeza, frente al espejo derramaba lágrimas cargadas de furia, su rostro era tormento. Su interior se llenaba de rabia haciendo tensar su cuerpo, sus dedos procuraban arrancar su piel y en un intento de salvamento sus manos se hacían puño focalizando en su apretar toda la inquina contenida. Con el paso de las horas iba recobrando autoestima, confianza e incluso felicidad. Así eran sus horas, sus días, una y otra vez.
Su poemario contaba con decenas de hojas llenas. Poemas, palabras, un sin fin de pensamientos que plasmaban su sentir. Unos días mostraba alegría: había estado con ella aunque hubiese sido un solo día, la había abrazado y besado, visto su sonrisa de cerca y sin duda eso era para él la felicidad. Otros días exponía tristeza: ella le había dejado sin opción a hablar, sin pedirle opinión, sin saber su sentir y sin poder escuchar los motivos que la habían llevado a abandonarle de aquella manera. Otros días manifestaba rencor: ella no respondía a sus llamadas, no estaba ahí como había prometido, su angustia aumentaba al recibir tan solo desprecio de su parte.
Otra noche llegaba y el cansancio se apoderaba de él. Apenas caído el sol se dejaba vencer y sus párpados no tardaban en cerrarse. De madrugada sus ojos se abrían, palabras y palabras bullían en su interior esperando a ser escritas. Se levantó, fue hasta el escritorio, se sentó, cogió su pluma y la mojó en el tintero. Mente y pluma hechos uno, y las palabras surgieron:

«Por un momento sentí tu alma, creyéndola mía. Se detuvo el tiempo y de un solo instante experimenté una vida inundada por dos almas unidas…»

El bote de tinta estaba vacío, fue a buscar otro al armario para terminar de escribir lo que había comenzado. Solo encontró tinteros azules y negros. Necesitaba tinta roja. Rebuscó por toda la habitación. Sacó todo de cajones y armarios y lo tiró al suelo, aún sabiendo que no la encontraría. Finalmente se sentó en la cama abatido. Todas las tiendas estaban cerradas y debía completar aquella frase. «Roja, roja, necesito tinta roja», se repetía incansablemente. Sin dudar agarró el frasco y en la cocina se cortó con un cuchillo en la yema del dedo, apretó hasta que salieron unas cuantas gotas de sangre, las suficientes para terminar su escrito. Regresó al escritorio, metió la pluma en el tintero y con su sangre continuó escribiendo:

«Que despiadado el destino que rasgó sin dudar tu alma y la mía».

Miró detenidamente la hoja y la arrancó, los tonos de rojo eran diferentes. Escribió de nuevo todo con su sangre:

«Por un momento sentí tu alma, creyéndola mía. Se detuvo el tiempo y de un solo instante experimenté una vida inundada por dos almas unidas. Que despiadado el destino que rasgó sin dudar tu alma y la mía».

Había encontrado el color perfecto para escribir, a partir de ese día comenzó a escribir con su sangre. Cada noche se pinchaba en un dedo y lo retorcía hasta conseguir las gotas necesarias. Percibía que la conexión era mayor, sus escritos se le antojaban inmejorables. Durante noches llenó hojas y hojas. Los dedos le dolían de tantos cortes y cada vez le costaba más obtener una gota. Faltaban pocas páginas para completar su diario de escritura, una obra que encerraba todo lo acontecido, todo lo soñado, lo real e irreal mezclado, y cada pensamiento solo por ella.
Llegó la noche que tanto ansiaba, la que creía le liberaría de todo dolor, escribiría en la última hoja. Su poema final, con él cerraría ese período de dolor, eliminaría todo recuerdo y con ello toda sensación.
Seccionó la yema de su dedo corazón, apenas consiguió unas gotas que le sirvieron para plasmar una frase, necesitaba más. Fue repitiendo el proceso en cada dedo, en algunos la costra se lo impedía, otros estaban amoratados y la sangre no fluía. Su estado pasó a la inquietud, empezó a sudar nervioso, la desesperación le hacía perder las palabras. Cerró los ojos y respiró hondo. Asió su pluma con delicadeza, siguió respirando lentamente a la vez que acariciaba la pluma de cisne, pero sus dedos ya no eran capaces de sentir su plácido tacto. Su rostro mostraba una mirada perdida, apenas pestañeaba, en su mente no quedaba razón, tan solo existía un color, el rojo. En un movimiento rápido clavó el cuchillo en su cuello provocando una gran incisión. Sumergió la punta de su pluma en el charco creado en su mesa, tinta suficiente para su poema. Su visión se tornó nebulosa, y comenzó a derramar sus palabras junto a su sangre:

«Lloró,
desde el interior, sin lágrimas.
Su llanto se convirtió en grito,
intrínseco, sin voz.
Quería borrar recuerdos,
pero al evocarlos,
sonrió».

LA MEDICINA

La noche caía en el pueblo. Desde la ventana de su cuarto Ángel observaba la soledad de la avenida. Bajo la luz de una farola vio a una mujer que corría sin dejar de mirar atrás, torció en la esquina y la perdió de vista. Siguió mirando durante un buen rato pero nadie más apareció. Le pareció escuchar algo tras el callejón, miró fijamente pero se movió tan rápido que no alcanzó a adivinar qué era. Se tumbó en la cama con las luces apagadas contemplando el techo, pasaron las horas. Antes del amanecer su madre le trajo el vaso con su medicina, la bebió de un trago y se relajó. Cuando la tomaba se sentía mucho mejor. Su madre lo arropó, le dio un beso, bajó la persiana y cerró su puerta con llave. Ángel consiguió conciliar el sueño rápidamente.

Sobre las ocho de la tarde su madre fue a despertarlo. Ángel se acurrucó entre sus brazos y ella lo abrazó con ternura, le puso la mano en la frente y le dijo que aún estaba enfermo. No hacía falta que ella lo dijera, él se despertaba cada tarde sin fuerzas, se sentía tan débil que hasta un pequeño destello de luz le cegaba. Su habitación siempre estaba con la luz apagada y la única claridad que entraba era la de las farolas de la calle. También tenía una lámpara pequeña que encendía cuando la noche era muy oscura. Llevaba semanas viviendo así y parecía que se había adaptado pues veía perfectamente aunque hubiese poca luz.
Su madre jugó un rato con él y como cada noche sobre las doce se fue a trabajar. Lo dejaba encerrado en la habitación pues tenía miedo de que con la debilidad de su enfermedad se cayera por las escaleras. Al principio a Ángel eso no le gustaba pero pronto se acostumbró a vivir en su cuarto. Hubo muchos más cambios a raíz de todo. Lo primero que su madre cambió fue su nombre, le dijo que era merecedor de un nombre mejor, algo divino y comenzó a llamarle Ángel. También cambiaron los horarios, su madre ahora trabajaba de noche y dormía durante el día así que él también comenzó a dormir de día. Sobre las ocho se despertaban y estaban juntos hasta que su madre se iba a trabajar a las doce. Mientras ella volvía Ángel se entretenía mirando por la ventana, observaba a la gente aunque a partir de cierta hora todo se quedaba desierto y solo pasaba de vez en cuando algún coche, entonces aprovechaba para tumbarse en la cama y pensar. Jugaba poco, siempre se sentía demasiado cansado y solo le apetecía estar junto a la ventana quieto o tumbarse en la cama. Según pasaba la noche se le hacía más larga la espera, ansiaba la medicina que le daba su madre pues solo en esos momentos se sentía bien, tan bien como antes de enfermar.
Su madre llegó sobre las cinco de la mañana con el vaso en la mano. Ángel sentía el placer con solo verlo tan cerca, lo bebió con ansia y le pidió a su madre un poco más. Ella le dijo que no se podía abusar de la medicina y que con ese vaso se sentiría mejor. Y era verdad, aunque en ese momento se habría tomado unos cuantos más cuando se levantó de la cama se dio cuenta de que ya se encontraba bien. Su madre estaba en casa y aún quedaban un par de horas antes de que tuviese que acostarse así que bajó a la planta de abajo. Disfrutaba mucho cuando su madre llegaba tan temprano porque así podía aprovechar las horas de bienestar que le daba su medicina. Corrió escaleras abajo y escaleras arriba, le parecía que lo hacía tan deprisa que casi volaba, o al menos eso pensaba él. Se acercó la hora de acostarse y su madre le dijo que era hora de dormir. Nunca podía quedarse más tarde de la hora establecida por su madre, en eso era muy tajante. Y era mejor no llevarle la contraria, un día se puso más rebelde de lo habitual y la cara de su madre casi le pareció la de un monstruo, desde aquel día se iba a la cama sin protestar. Subieron a la habitación y como cada noche su madre le arropó, bajó la persiana y cerró la puerta. Ángel desde su cama oía como su madre echaba la llave, tres vueltas. Ya se había acostumbrado a ese sonido pero la primera vez que lo escuchó, sentir que su madre le encerraba para dormir, le había dado pánico. Aunque realmente la angustia le duraba poco porque desde que había enfermado tenía una gran facilidad para quedarse dormido y no se despertaba en todo el día.

Como cada tarde su madre fue a despertarle sobre las ocho, en realidad ya estaba despierto pero le había prohibido levantarse hasta que ella fuera a llamarle por si se sentía demasiado débil y se mareaba. Ángel era un chico bastante bueno y obedecía en todo, aunque también era cierto que debía ser así si quería que las cosas fueran bien, no quería volver a ver a ese monstruo así que era mejor cumplir todas sus normas. Su madre se quedó con él hasta las doce que se fue a trabajar. Ángel se quedó mirando por la ventana como era habitual. Vio salir a su madre y cruzar la calle, dobló la esquina y escapó de su visión. Al rato volvió a aparecer por la misma esquina andando calle abajo y se metió en un callejón donde Ángel ya no alcanzaba a ver. Algunas noches era habitual verla pasar varias veces por la calle. A veces paseaba calmada y otras subía o bajaba a toda prisa. Siempre salía de casa maquillada y se vestía muy elegante pero cuando volvía su aspecto era desaliñado, el pelo enmarañado, el maquillaje corrido e incluso alguna vez sus medias estaban rotas. A Ángel no le preocupaba demasiado porque a pesar de su apariencia ella volvía cargada de energía y muy alegre.
Esa noche su madre estaba tardando más de lo habitual. Ángel empezó a encontrarse peor, en su mente se agolpaban ruidos como si toda una ciudad estuviera dentro de su cabeza. Notaba latir todas las venas de su cuerpo, las manos se le estaban poniendo blancas como el mármol. Sentía que se iba a desmayar. Intentó salir del cuarto pero la puerta estaba cerrada con llave, desesperado giró el pomo una y otra vez tirando de él con fuerza, gritó y golpeó la puerta pero nada. Estaba tan débil que aquel sobresfuerzo le hizo caer al suelo. Se acurrucó, estaba tiritando no sabía si de frío, miedo o dolor. Cuando se tranquilizó se levantó y abrió la ventana, se asomó para sentir el aire fresco. En la repisa de su ventana se posó un pajarillo, Ángel lo cogió y lo miró fijamente, las pupilas del animal se dilataron. Ángel podía sentir latir el corazón de aquel ser, lo escuchaba en su cabeza cada vez más fuerte. Entonces su rostro cambió, de la dentadura de Ángel salieron unos afilados colmillos, sus ojos se tornaron amarillos y bebió de aquel animal.
Al clavarle los colmillos a su mente volvió la imagen de su madre diciéndole «Lo siento mi niño pero esta es la única manera de que estemos juntos para siempre», recordó como después le besaba en el cuello, ese leve pinchazo. Bebió de aquel pájaro hasta dejarle seco, volvió a meterse en su cuarto, ya se sentía bien. Había encontrado la medicina que su madre le daba todas las noches.